El profesor de Derecho Internacional de la Universidad de Murcia Carlos Gil Gandía ha publicado en la revista de Ciencias Sociales Pleita, editada por los Museos de Jumilla, una extensa recensión del libro Hacia la fuente. Introducción al Antiguo Testamento (Apryo, Madrid, 2025). Además de su labor académica, el profesor Carlos Gil Gandía es un destacado humanista y escritor, que interviene con frecuencia en los medios haciendo comentarios sobre cine y literatura. Este es el texto de la recensión:
El libro se presenta, desde sus primeras páginas, como una obra de decantación lenta. No es un manual, ni una introducción académica al uso, ni tampoco un ensayo confesional en sentido estricto. Es, más bien, el resultado de una sedimentación intelectual y vital prolongada: el fruto de una lectura sostenida en el tiempo, que solo al final —cuando el ruido cede— se transforma en escritura. Esa renuncia a la prisa, casi deliberada, constituye una de sus principales virtudes.
Esa misma actitud se traslada al plano literario. El libro adopta una prosa clara y contenida, sin alardes, pero atenta al ritmo. El autor evita la frase breve y sentenciosa; prefiere un discurso que avanza con calma, que se matiza, que incorpora precisiones sucesivas como quien refuerza una construcción paciente. En ello resuena una tradición ensayística española que desconfía del brillo inmediato y entiende la claridad como una forma de honestidad intelectual. No se busca deslumbrar, sino acompañar al lector en una lectura exigente, aunque accesible.
El gesto central del libro —y aquí
comienza su verdadera ambición— consiste en leer el Antiguo Testamento como una
genealogía ética, no como un bloque dogmático ni como un simple repertorio
religioso. El autor no niega la dimensión sagrada del texto, pero la suspende
metodológicamente para atender a un proceso que considera más fértil: la
formación progresiva de una conciencia moral capaz de interpelar al poder.
Desde ahí se hace visible una dialéctica de largo alcance que ha contribuido
decisivamente a configurar nuestras formas de convivencia y de gobierno. Esta
opción interpretativa es decisiva y se mantiene con coherencia a lo largo del
ensayo.
Desde una perspectiva jurídica, el libro resulta especialmente sugerente porque rehúye el anacronismo. El autor evita proyectar categorías modernas —Estado de derecho, separación de poderes, legalidad formal— sobre sociedades que no las conocieron. En su lugar, identifica algo más elemental y, quizá por ello, más radical: la emergencia de límites éticos al poder, formulados no por instituciones, sino por figuras marginales, incómodas, a menudo solitarias. El profeta aparece así no como antecedente del juez o del legislador, sino como una figura primigenia del crítico del poder, de quien habla cuando nadie más puede —o quiere— hacerlo.
Uno de los mayores aciertos del libro es mostrar que esta crítica no se articula principalmente en forma de ley positiva. Los profetas no acusan citando normas, sino apelando a una conciencia compartida que precede a la codificación. Desde la historia del pensamiento jurídico, esta observación tiene un alcance notable: sugiere que el derecho no nace únicamente de la ley escrita, sino de una experiencia previa de injusticia reconocida como tal por la comunidad. Sin formularlo de manera explícita, el libro se sitúa así cerca de una concepción material —y no meramente formal— de la justicia.
Martín Ortega sugiere que el Antiguo Testamento —leído durante siglos entre dogmas, polémicas y apropiaciones interesadas— ha quedado cubierto de ruido. Su propuesta no es innovar, sino callar lo suficiente como para volver a oír. La metáfora funciona precisamente porque no se impone: aparece y reaparece sin convertirse en consigna.
Desde el punto de vista estructural, el libro adopta un orden cronológico que tiene consecuencias interpretativas relevantes. Al seguir la secuencia histórica de los textos, el autor logra mostrar la evolución interna de las ideas: cómo ciertas intuiciones éticas surgen de forma fragmentaria y se vuelven progresivamente más explícitas, más exigentes y también más universales. Esta lectura dinámica evita la tentación —frecuente— de presentar el Antiguo Testamento como un sistema cerrado y coherente desde su origen.
El ensayo adquiere especial interés cuando muestra que la crítica profética no se dirige solo contra los reyes, sino también contra jueces, sacerdotes y notables. El poder aparece así no como una instancia unitaria, sino como una red de responsabilidades compartidas. En este punto, el libro ofrece una lectura notablemente actual del fenómeno de la corrupción: no como una desviación individual, sino como un fallo sistémico de la conciencia colectiva. Sin recurrir a lenguaje técnico, esta intuición conecta con debates contemporáneos sobre responsabilidad institucional, tanto en el ámbito del derecho interno como en el de las relaciones internacionales.
Martín Ortega Carcelén evita cuidadosamente convertir su lectura en un alegato político de coyuntura. Las analogías con el presente se sugieren, pero no se explotan. El lector queda así invitado a establecerlas por sí mismo, lo que refuerza la seriedad intelectual del libro. En un contexto dominado por ensayos que buscan la relevancia inmediata, esta contención puede leerse como una forma de resistencia.
Hacia la fuente es un ensayo poco frecuente: sobrio en lo literario, ambicioso en lo intelectual y sugerente desde el punto de vista jurídico. No aspira a decir la última palabra sobre el Antiguo Testamento, sino a recordar que en sus páginas —leídas con atención y sin ruido— late una de las tradiciones críticas más antiguas y fecundas de nuestra cultura: aquella que se atreve a decirle al poder que no todo le está permitido. Y lo hace con una prosa que confía en el lector, que no lo empuja ni lo seduce, sino que lo acompaña hasta el borde de la fuente y le permite, con buen criterio, beber por sí mismo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario